¿Quién controla la puerta de entrada?
Traducido del inglés. Leer el original

Este año seguí la presentación inaugural de la WWDC de Apple y, después, casi una semana de artículos sobre ella, a la espera de que alguien dijera lo que al final me parecía obvio. Nadie lo dijo. Así que aquí está.
Apple ha dejado de intentar construir la mejor IA. Ha decidido, en cambio, ser dueña del lugar donde la IA se encuentra con usted. Esa es la verdadera historia de esta presentación, y en cuanto se ve, los anuncios dejan de parecer un montón de funciones y se alinean detrás de una sola decisión.
Importa por esto. Cuando la IA empieza a hacer trabajo real para usted todo el día, la pregunta de fondo es dónde se ejecuta ese trabajo y quién controla el lugar donde se ejecuta. ¿En una app de chat que se abre a propósito? ¿En una granja de servidores que factura cada petición? ¿O dentro del dispositivo que ya tiene, junto a sus archivos, sus fotos y sus mensajes, con una nube detrás solo cuando el teléfono no da abasto? Apple dedicó noventa minutos a construir esa última respuesta, y lo hizo alquilando las partes de la IA que se están convirtiendo en productos básicos y quedándose con la única que no.
Se ve en lo que estuvo dispuesta a alquilar. La nueva Siri funciona con una versión de Gemini, de Google, por la que Apple paga unos mil millones de dólares al año. Para una empresa que presume de fabricar su propio silicio y su propio software, pagar a un rival por el cerebro de su asistente es una concesión notable. Apple la hizo sin titubeos aparentes, porque el modelo en bruto se está convirtiendo en un producto básico. Quien tenga el mejor este trimestre no lo tendrá el siguiente. No tiene sentido perder capital a chorros para ganar una carrera que vuelve a empezar cada pocos meses.
Se ve otra vez en la nube. El “Private Cloud Compute” de Apple es el sistema que se encarga de las peticiones demasiado pesadas para el teléfono. Antes funcionaba solo con chips de Apple en centros de datos de Apple. En la WWDC, Apple dijo que ahora también funciona con chips de Nvidia dentro de centros de datos de Google. A primera vista, parece que Apple entrega la parte delicada, la que toca sus datos. Es justo lo contrario.
Apple diseñó el acuerdo de forma que conserva el control criptográfico de ese hardware aunque sea propiedad de Google, hasta el punto de llevar un registro público de cada máquina de la flota, en el que cualquier manipulación queda a la vista, con el software abierto para que investigadores externos lo inspeccionen. Apple alquila el centro de datos. Apple se queda con las llaves. Usted sigue confiando en Apple, no en Google.
Luego está la parte sobre la que casi nadie escribió, que es la que más importa si usted desarrolla software. Es un framework llamado App Intents, y Apple acaba de hacerlo obligatorio para cualquier app que quiera funcionar con la nueva Siri. App Intents es la forma en que una app le dice al sistema operativo qué contiene y qué puede hacer. En el mundo de antes, usted abría una app, miraba su pantalla y tocaba los botones usted mismo. En el mundo que Apple está construyendo, se lo pide al sistema, y el sistema entra en la app y lo hace por usted. La app se convierte en algo que el sistema operativo puede manejar. Apple pasó veinte años enseñando a todas las empresas del planeta a crear una app. Ahora está enseñando al sistema operativo a manejar la app por usted. No puede llevar esto demasiado lejos, porque sigue necesitando la App Store y a los desarrolladores que la llenan, así que las apps siguen siendo apps. Pero tienen que volverse legibles para el sistema, o el sistema no podrá usarlas, y una app que el sistema no puede usar está a punto de volverse invisible.
Juntemos las tres piezas. Apple alquiló el modelo. Apple alquiló la nube. Apple se quedó con la interfaz, los permisos, los datos que viven en el dispositivo y la confianza de la persona que lo tiene en la mano. Cedió las partes que se están abaratando y se aferró a la que se está volviendo escasa.
Me fijo en este patrón porque estoy construyendo una IA clínica en medicina, donde la misma ley es brutal y evidente. Lo que acaba con la mayoría de los modelos clínicos no es que sean tontos. Es que no se puede confiar en ellos en un lugar nuevo. Un modelo entrenado en un hospital se encuentra con los datos de un segundo hospital y se desmorona. La inteligencia era real y no sirvió de nada, porque lo que decide si a una IA se le permite hacer trabajo real nunca fue solo la inteligencia. Es la inteligencia, más los datos a los que puede acceder, más la confianza para dejarla actuar por usted. El modelo es necesario y no es ni de lejos suficiente. Apple parece haber llegado a la misma conclusión sobre la IA de consumo, y ha construido la parte suficiente mientras alquila la necesaria.
Por eso la forma habitual de puntuar la carrera de la IA está a punto de llevar a engaño. La clasificación mide lo que no debe. En este sector hay dos cuellos de botella reales. El primero es la capacidad de cómputo en bruto, los chips, los centros de datos y la energía, y eso lo controla sobre todo una empresa a la que le va extraordinariamente bien gracias a ello. El segundo es la superficie de confianza, el lugar donde la IA se encuentra realmente con una persona, ve su contexto y recibe permiso para actuar. Casi nadie habla del segundo, y es justo el que Apple acaba de intentar conquistar con toda una presentación. Si el futuro de la IA consiste sobre todo en modelos más grandes en nubes más grandes, el dueño del cómputo seguirá ganando. Si la mayor parte de la IA que usa de verdad la gente corriente pasa por el dispositivo que lleva en el bolsillo, entonces el dispositivo se convierte en lo predeterminado y las nubes gigantes pasan a ser especialistas a las que solo se llama para los trabajos difíciles.
Apple aún no ha llegado. El modelo es prestado. La confianza hay que ganársela de nuevo cada día y se puede perder en una semana. Pero el plan ya es legible, igual que Apple quiere que lo sea cada app. Así que la próxima vez que lea que algún laboratorio ha publicado el nuevo mejor modelo, tome nota, pero sepa que eso no es lo que decide esto. Lo que lo decide es más discreto. ¿De quién será el dispositivo, el sistema operativo, la puerta de entrada por la que pasarán mil millones de personas cuando por fin dejen que la IA toque su trabajo de verdad? Esa es la última milla de la IA. Está hecha de confianza. Y Apple acaba de decirnos que piensa quedársela. ((Z))